BIO Y PROCESO DE DECODIFICACIÓN – Próximamente
✍️ YYUNCACELETRA (M.L.C.)
Adolescencia
En la
adolescencia,
la herida suele estar más a flor de piel.
Todavía no hay recursos internos suficientes para defenderse de otra forma
y, muchas veces, la corrección se vive como ataque.
Por eso, lo
que desde afuera parece un berrinche,
desde adentro puede ser saturación emocional.
Para un
adulto, sí, puede ser duro.
Especialmente cuando aparece el “shhh”, el “basta”, el “no quiero escuchar
más”.
Ahí, a veces,
decir simplemente:
Ok, paro acá.
Hablamos después.
no es rendirse
ni permitir cualquier cosa.
Es no seguir cuando el otro está desbordado.
El límite sí
se pone,
pero no en medio del desborde,
sino cuando la emoción bajó.
Recién
entonces puede abrirse otra conversación, más honesta y posible:
Cuando ayer me
dijiste que pare, ¿qué te estaba pasando por dentro?
¿Qué fue lo que te saturó?
Ahí ya no se
trata de corregir,
sino de comprender.
Y desde esa comprensión, el límite entra de otra manera.
Y a veces, cuando un
adolescente recibe de sus progenitores palabras que humillan, avergüenzan o cargan juicio,
lo que se despierta no es aprendizaje, sino desvalorización.
Puede aparecer el miedo.
El temor a no servir.
A no estar a la altura de la vida que viene.
Eso no siempre se expresa en palabras.
Muchas veces queda grabado en el cuerpo
como sensación, como tensión, como una huella silenciosa.
Con el tiempo, esas mismas
sensaciones pueden repetirse
en otros escenarios:
en vínculos, en el trabajo, en la forma de exigirse o de callarse.
No porque alguien haya
querido dañar,
sino porque lo
dicho en un momento de desborde también deja marca.
Por eso, más que corregir
en público o desde el enojo,
el cuidado empieza cuando el adulto puede preguntarse:
¿Desde dónde
estoy hablando?
¿Estoy ayudando a
crecer… o descargando lo que no pude sostener?
Comprender esto no quita
límites.
Los vuelve más conscientes.

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