BIO Y PROCESO DE DECODIFICACIÓN – 

✍️ YYUNCACELETRA (M.L.C.)

En los niños, el cuerpo muchas veces habla

antes de que exista la palabra**

En la infancia, el cuerpo no espera.
No razona, no posterga, no explica.
Expresa.

Cuando un niño no encuentra todavía palabras para decir lo que vive,
el cuerpo suele tomar la posta.
Y lo hace, muchas veces, a través del sistema digestivo.

No porque haya algo “mal”,
sino porque es una vía rápida de descarga,
de eliminación,
de resolución.

En contextos compartidos —como la escuela o el jardín—
varios niños pueden atravesar síntomas similares.
No desde la idea de contagio,
sino desde un clima común,
un momento,
una vivencia colectiva que cada cuerpo procesa a su manera.

Algunos descargan con fuerza.
Otros apenas lo expresan.
Otros no lo manifiestan.

El cuerpo infantil no acumula como el adulto.
Resuelve.

A veces, cuando no hay aún sostén suficiente para integrar lo vivido,
el cuerpo no repite el mismo síntoma,
pero sí la misma lógica, con el paso del tiempo.

No como error.
Como adaptación.

Por eso, más que buscar causas o explicaciones rápidas,
la invitación es a mirar el contexto,
el ritmo,
los cambios,
las tensiones visibles o invisibles
que rodean a ese niño.

El acompañamiento adulto —presente, disponible, no alarmado—
es muchas veces el verdadero sostén que el cuerpo estaba pidiendo.

En los niños, escuchar el cuerpo
no es interpretar ni cargar de sentido,
sino cuidar el entorno para que el cuerpo ya no tenga que hablar solo.

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